lunes, 3 de marzo de 2014

La introspección llevada al extremo o al comienzo más primitivo.

Ojalá deje de verme reflejada en el cristal que custodia las agujas de cada reloj despistado que se tropieza con mi mirada.
Ojalá entendiese más y me preguntase menos.
Aquello, aquellas cosas, que es lo más sencillo, me parece un mundo abstracto en el que mis dedos se desdibujan a cada intento de penetrarlo.

Ojalá el plato de lentejas estuviera más vacío y mi mente más llena. Que el peso de cada cucharada fuese directo a los kilos que le faltan a mi materia gris y no a los puntos ciegos de mis debilidades.

A veces ajena, a veces enajenada, a veces.
Y la música ajena y el humo del cigarro y las calles infinitas.
Me retroalimento de elementos de los que se enamoran mis pupilas pero cuya imagen no se transfiere a la razón.

Ver, amar, y no entender nada.

Querer serlo todo y no ser nada. Hablar y expulsar silencio, mientras que el espejo dice "no te veo".
El espejo que dice "veo hasta lo que tú no ves" espera entre las sábanas, se traga las lágrimas que no son más que el espejo subjetivo de la propia mente.
El espejo de las sábanas dice que en la nocturnidad y la nada de los sueños está el 'YO' que la luz del día no te revelaría jamás.

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